Artículo sobre la legalización de las drogas en México
El 'narco' va ganando la guerra. ¿Y ahora qué hacemos?
La
lucha contra las mafias va siempre por detrás de su capacidad para innovar -
Cada vez más instituciones llaman a reconocer el fracaso y atacar la demanda
FERNANDO PEINADO ALCARAZEl
País, 02/04/2009
Las
mafias de la droga se regeneran como la hidra de la mitología griega. Cuando la
lucha policial bloquea una ruta, reaparecen por un nuevo camino; cuando los
campos de coca o de opio son fumigados, desplazan los cultivos a otro rincón. A
pesar de que la caza mundial del narco ha dado pocos frutos -los
contrabandistas son cada vez más poderosos, las drogas más baratas y
abundantes-, la mayoría de países se resiste a ensayar alternativas más allá de
una persecución esquizofrénica, cara y contraproducente. ¿Hay métodos más
eficaces para ganar la guerra de las drogas?
La
cuestión ha cobrado fuerza en los últimos meses. Tocaba evaluar la estrategia
trazada en 1998 por Naciones Unidas para un periodo de 10 años y los expertos
han proclamado la derrota en la batalla contra los narcos y han pedido
el abandono de una estrategia represiva que utópicamente se marcó como objetivo
"un mundo libre de drogas".
Para
conseguir esta meta, algunos Gobiernos apostaron por erradicar el origen del
mal. Sin embargo, las campañas para eliminar con herbicidas las cosechas de
coca suramericana han sido un despilfarro de dinero, principalmente
estadounidense: sólo han conseguido trasladar las plantaciones a lugares más
recónditos e inaccesibles y la producción mundial no ha disminuido.
Tampoco
ha funcionado el bloqueo de las narcorrutas. Aunque la ONU estima que
actualmente se decomisa alrededor del 42% de la producción mundial de cocaína y
del 23% de heroína, los expertos en política antinarcóticos cuestionan la
fiabilidad de esas cifras y argumentan que la cantidad de droga que se menudea
en las calles europeas o estadounidenses es cada vez mayor, como prueba el
descenso de los precios de venta: entre un 10% y un 30% en la última década.
Cuanto
más difícil se lo han puesto las fuerzas del orden a los carteles, más ingenio
y recursos han invertido éstos. Uno de los últimos ejemplos de la inagotable
capacidad del crimen organizado para burlar la vigilancia son los narcosubmarinos.
Se construyen en astilleros clandestinos en la selva colombiana y son capaces
de transportar 10 toneladas de cocaína, a ras del agua rumbo al lucrativo
mercado estadounidense. La Guardia Costera de EE UU, que ya ha puesto en marcha
una inversión millonaria en sensores acuáticos, interceptó en 2008 una media de
10 semisumergibles al mes, aunque estima que cuatro de cada cinco llegan a su
destino sin ser avistados. Los capos de la cocaína gallega han usado un narcosubmarino
en al menos una ocasión, en 2006, cuando la Guardia Civil halló uno abandonado
en la ría de Vigo.
Esta
I+D del tráfico de droga crece alentada por la jugosa recompensa que supone
cada operación realizada con éxito. Si fuera un país, Narcolandia sería
la 21ª economía mundial, según la ONU, con un PIB anual de 243.000 millones de
euros, justo detrás de Suecia, con 272.000 millones de euros. En el Tercer
Mundo, los narcos son los empresarios más poderosos. Como en África
Occidental, donde países como Guinea-Bissau tienen en el comercio de anacardos
con India su principal fuente legal de ingresos.
Con
estos incentivos no es extraño que, a pesar de los golpes policiales, siempre
haya alguien dispuesto a jugarse una vida entre rejas por entrar en el negocio.
"Los contrabandistas pagan a los campesinos 300 dólares (227 euros) por la
hoja de coca necesaria para producir un kilo de cocaína, que en las calles
estadounidenses, vendido en dosis de un gramo a 70 dólares (53 euros), les
reportará 100.000 dólares (76.000 euros)", desgrana Peter Reuter, profesor
de la Universidad de Maryland y uno de los más reputados expertos en políticas
antidrogas, quien no cree que destinando más recursos a la represión se pueda
reducir significativamente la cantidad de droga disponible en los mercados
consumidores, EE UU y Europa. "Sería más eficaz disminuir la fuerte demanda
de drogas en los países consumidores que seguir insistiendo en un control
inviable de la oferta", opina Reuter.
"Es
imperativo rectificar la estrategia de guerra a las drogas aplicada en los
últimos 30 años", censura un informe publicado en febrero por la Comisión
Latinoamericana sobre Drogas y Democracia, con tres ex presidentes entre sus
miembros: Ernesto Zedillo (México), Fernando Henrique Cardoso (Brasil) y César
Gaviria (Colombia). "Las políticas prohibicionistas (...) no han producido
los resultados esperados. Estamos más lejos que nunca del objetivo proclamado
de erradicación de las drogas". El informe acusa a EE UU y Europa de no
hacer lo suficiente para prevenir o curar el apetito de drogas de sus
ciudadanos, que estimula la producción y el tráfico desde el resto del mundo.
A
pesar de los cuantiosos recursos invertidos en políticas antidroga (al año
40.000 millones de dólares en EE UU y 34.000 millones de euros en la UE), sólo
uno de cada cuatro euros se destina a prevención del consumo, mientras que el
resto se invierte en represión criminal. No es casual que las quejas provengan
de la región que es el principal campo de batalla de la guerra contra los
carteles: en México, el desafío criminal al Gobierno ha dejado más de 7.000
muertos desde enero de 2008, (supera los 6.628 registrados en Palestina e
Israel entre 2000 y 2008 por la ONG B'Tselem) y la sangría se extiende por
países vecinos, como Guatemala y Honduras. Hillary Clinton, secretaria de
Estado de EE UU, ha reconocido que al no haber contenido el consumo doméstico,
su país es corresponsable en el drama al sur de su frontera.
Apostar
por alternativas no significa que haya que bajar la guardia frente a los narcos,
advierte Antonio María Costa, director ejecutivo de la Oficina de la ONU contra
las Drogas y el Delito (UNODC en inglés), una agencia que asiste y coordina a
los Gobiernos. Costa reprocha que haya lobbies pro drogas que defiendan
la legalización como solución. "No hay necesidad de sacrificar la protección de la salud de los ciudadanos para reducir
el crimen. Ambos objetivos son compatibles", asegura.
Durante
mucho tiempo, cualquier disidencia del discurso clásico prohibicionista ha
levantado sospechas. Ahora que los carteles causan más estragos que nunca en
Centroamérica, África Occidental o Afganistán, muchos se preguntan qué sentido
tiene que los Estados hayan dejado a las mafias enriquecerse con el monopolio
de la droga y proponen un régimen de legalización controlado que les restaría
cuota de mercado.