La
policía mexicana vive en alerta ante un cártel que no solo pretende el tráfico
de drogas, sino la sustitución del Estado. Los sicarios de este clan extendidos
por todo el país controlan desde la venta de armas y los impuestos hasta la
espiritualidad de sus vecinos.
PABLO ORDAZ
14/06/2009
…Tres
elementos -la violencia extrema, la corrupción de las autoridades y una
increíble presencia mística- configuran el poder de La Familia. Un poder que
asusta porque, a diferencia del resto de los carteles, su objetivo va más allá
del tráfico de drogas hacia Estados Unidos. Quieren más. Lo quieren todo...
-Sí
-admite un alto mando antidrogas-, desde luego no se trata de un cartel más
dedicado al narcotráfico. La Familia aspira a sustituir al Estado.
Y
basta una visita rápida a la ciudad de Morelia -la capital de Michoacán- para
percatarse de que lo está consiguiendo. Las administraciones locales apenas
pueden recaudar impuestos, pero, en cambio, ya son muy pocas las gasolineras,
las tiendas de comestibles, los productores de aguacate y hasta los
organizadores de conciertos que no pagan religiosamente su diezmo para que la
mafia los proteja. No hace falta decir que los sicarios de La Familia controlan
directamente los prostíbulos, las máquinas tragaperras, la piratería, la venta
de armas y, por supuesto, el tráfico de drogas. Según los datos de la policía,
el cartel opera en 87 de los 113 municipios de Michoacán -la cuna del
presidente Felipe Calderón- y sus tentáculos hace tiempo que dejaron de ser
locales. La DEA -la policía antinarcóticos norteamericana- ha detectado
ramificaciones de La Familia en 16 de sus Estados. La organización utiliza para
ello a los emigrantes. Y tiene dónde escoger: Michoacán es el segundo Estado
mexicano que más mano de obra exporta a Estados Unidos. Hay pueblos donde ya
sólo quedan los ancianos. Pero también ellos tienen su parte en el negocio. La
Familia los utiliza como rehenes: "Dile a tu hijo que te estamos
protegiendo, pero que si él no colabora con nosotros, tú lo vas a pasar
mal".
Todo
empezó con el siglo. El Partido Revolucionario Institucional (PRI) perdió el
poder después de 70 años y México tuvo que aprender a vivir con una realidad
distinta. Hasta entonces, el presidente de la República hacía y deshacía en
todo el país. México era un Estado federal, pero los gobernadores, los
alcaldes, los jefes de policía y por supuesto los líderes sindicales y sociales
de cada demarcación pertenecían al PRI. "A poco que uno se
desmadrara", recuerda un alto cargo de la seguridad del Estado, "nos
decían: llevadlo a Los Pinos -la residencia presidencial-. Bastaba una charla
con el presidente de turno para que todo volviera a su cauce". Con las
fuerzas del orden sucedía igual. La Policía Federal siempre representó un tanto
por ciento mínimo del conjunto de las policías -más de 1.600 en todo el país
entre estatales, municipales...-. Aunque cada cuerpo policial dependía de un
gobernador o un alcalde, cuando llegaba el caso obedecía de forma implícita y
efectiva el dictado que llegaba de la capital. Ya no es así. La imagen más
gráfica se ha podido presenciar el lunes pasado. Durante tres horas, a plena
luz del día y en mitad de la calle, policías municipales y estatales de Nuevo
León se enfrentaron con agentes de la Policía Federal. Se encañonaron
mutuamente con pistolas y armas largas. No pasó nada, pero fue de chiripa. En
otras ocasiones, agentes federales o miembros del Ejército han optado por
solventar situaciones parecidas de insurrección a tiro limpio.
En
algunos lugares, como Michoacán, el poder del Estado fue haciéndose cada vez
más débil y eso fue aprovechado por los narcotraficantes. La Familia, cuya
presencia en la zona se remonta a dos décadas atrás, dio un salto cualitativo.
Ya no les bastaba con la producción de heroína y marihuana -hay constancia de
plantaciones de amapola en 37 de los 113 municipios de Michoacán- ni siquiera
con el control del puerto de Lázaro Cárdenas, a donde llega la cocaína del sur
de América y la efedrina de Europa y Asia con destino a Estados Unidos. La
Familia quería más. Quería el control social, y hasta espiritual, de sus
vecinos. Y empezaron de la manera más sencilla, desde abajo, poco a poco.
-Yo
adoctriné a 9.000 personas.
Quien
habla es Rafael Cedeño. Alto, camisa blanca, ojos azules. La Policía Federal lo
detuvo el pasado 18 de abril, mientras participaba, junto a otros 40
integrantes de La Familia, en un bautizo. Bien es verdad que, además del agua
bendita, el Cede y sus amigos se llevaron buenos pertrechos a la ceremonia. La
policía se incautó de tres fusiles automáticos AR-15, un fusil de asalto AK-47,
cinco granadas de fragmentación, seis armas cortas, munición como para aburrir
y droga, mucha droga. Cedeño -a decir de sus captores- no perdió la templanza
en ningún momento y desde el principio estuvo dispuesto a contar su historia,
que empieza dos décadas atrás, borracho y drogado, un tipo sin futuro tirado en
una calle de Morelia.
Su
relato se puede parecer al que, ya desde la cárcel, pueden construir otros
sicarios de La Familia. La organización -dirigida por dos tipos apodados El
Chango y El Chayo- decide formar a sus cuadros de colaboradores a partir de los
drogadictos que recoge por la calle. Los interna en unos albergues llamados
Gratitud y los saca de la adicción. De forma paralela, implica a sus familias
en el proceso. Lo que las autoridades no son capaces de hacer, lo hace La
Familia. Los saca de la droga y les da una perspectiva de vida distinta basada
en su biblia, los principios espirituales de El más Loco -uno de los apodos del
Chayo-. Pero quiere algo a cambio. Quiere fidelidad. "Los muchachos
rehabilitados", cuenta uno de los jefes de la Policía Federal, "pasan
a formar parte de la estructura criminal de la organización. Unos se dedican a
la distribución de droga al menudeo. Otros son los llamados halcones. Recorren
en vehículos las ciudades para informar al cartel de los movimientos de la
policía o el Ejército. Hay un tercer grupo. El de los sicarios. Su cometido es
secuestrar a los vendedores de droga de los carteles rivales, secuestrarlos por
unas horas y hacerles una oferta: 'Si quieres vender nuestra droga, bienvenido.
Si no, ya sabes...".
El
"ya sabes" son cinco cabezas desperdigadas en una pista de baile del
municipio de Uroapan. Con una pancarta al lado a modo de firma. Porque, además
del trasfondo místico, los capos de La Familia también son pioneros en
otro aspecto. La publicidad. No basta matar a alguien. Hay que hacerlo de la
forma más sangrienta posible y con publicidad. La Familia -según un informe de
la policía que no se puede reproducir por la crueldad de sus imágenes- tiene
una verdadera estrategia mediática. Después de matar a sus rivales, les corta
la cabeza y los exhibe en sitios públicos, junto a letreros donde amenaza a sus
rivales -fundamentalmente del grupo de Los Zetas- e incluso avisa de quién será
el próximo asesinado. En una grabación distribuida a través de Internet se
puede ver la ejecución de un presunto miembro de Los Zetas que aparece desnudo,
atado a una silla, vestido sólo con unos calzoncillos negros y con el cuerpo
lleno de frases amenazantes.
No
obstante, los mensajes de La Familia no sólo van dirigidos a los carteles
rivales. También se dirigen a la población. Y, por increíble que pueda parecer,
lo hacen con anuncios pagados en los principales periódicos. Su objetivo:
ganarse el afecto de los ciudadanos. ¿Cómo? De nuevo, asumiendo funciones
propias del Estado. Uno de los mensajes insertados a toda página en La Voz
de Michoacán y en El Sol de Morelia dice: "Nuestra misión es
erradicar el secuestro, la extorsión directa y telefónica, los asesinatos por
paga, el secuestro, los robos... Quizás en este momento la gente no nos
entienda... Desgraciadamente, hemos recurrido a estrategias muy fuertes por
parte de nosotros, ya que es la única manera de poner orden en el Estado y no
vamos a permitir que esto se salga de control...".
Hubo
otro periódico donde La Familia quiso poner un anuncio pagado. Un individuo
llegó a la redacción y pidió ver al director. Le puso un sobre con dinero
encima de la mesa y le dijo: "Quiero publicar esto". El director le
dijo que no era posible. Del resto de la conversación no se sabe nada. Sólo que
esa misma noche, el periodista fue a su casa, hizo la maleta y abandonó la
ciudad.
Así
estaban las cosas cuando, la noche del pasado 15 de septiembre, coincidiendo
con la celebración del grito de la Independencia en Morelia, unos desconocidos
arrojaron granadas de fragmentación sobre la multitud. El primer atentado
narcoterrorista de la historia de México dejó ocho muertos y un buen número de
heridos. Lo único que hay claro es que se trató de un ajuste de cuentas entre
La Familia y Los Zetas. El presidente Calderón ordenó a la Policía Federal que
pusiera especial atención sobre el Estado que lo vio nacer. Y lo que allí
vieron los agentes fue lo que todo el mundo: La Familia había sido capaz de
tejer una gran red de afectos y complicidades aprovechando la ausencia del
Estado. El secretario de Seguridad Pública, Genaro García Luna, dio orden a sus
agentes de que se infiltraran, intervinieran comunicaciones, averiguaran qué
había de verdad en los rumores que decían que tal o cual alcalde, que tal o
cual juez...
Y fue
entonces cuando el hijo de La Tuta empezó a perder en las peleas de gallos. Y
salió del palenque a por más dinero. Y fue detenido. Y, en vez de armas o
drogas, los agentes encontraron un papel con una lista de funcionarios. Junto a
algunos nombres había cifras de hasta 80.000 pesos mensuales de sueldo -más de
4.000 euros- por compaginar la vida de alcalde de pueblo con la de colaborador
del narcotráfico. Los agentes se pusieron tras la pista y, cinco meses después,
el pasado 27 de mayo, detuvieron a 11 alcaldes y a otros 17 altos funcionarios
por su relación con el narcotráfico. La investigación sigue abierta. Porque la
lista tiene más nombres. De más altura. Los nombres de los verdaderos gallos de
pelea. Los que nunca bajan al palenque.